Es la palabra en la que hoy nos detenemos... y antes de seguir escuchemos la Palabra del día: 
En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la multitud, una mujer del pueblo, gritando, le dijo: “¡Dichosa la mujer que te llevó en su seno y cuyos pechos te amamantaron!” Pero Jesús le respondió: “Dichosos todavía más los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica". (Lucas 11, 27-28)
¿A quien se dirige esta bienaventuranza? ¿A María por ser madre física de Jesús o la mujer que escucha?
ESCUCHAR es la palabra que se nos dirige hoy. Y ¡qué difícil hacerlo en estos momentos da tanto ruido! Es el primer mandamiento de Dios, que aparece en la Biblia: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el Único Señor... !" y es la queja constante de Él a lo largo de la Historia de la Salvación: "Este pueblo no me escucha!.
Y hoy y aquí, a ti y a mi se dirige el Señor con el mismo mandato y la misma queja.
¿Cómo escuchamos? Buen día para hacer un examen de nuestra escucha, al lado de María: la escuchadora, así se la puede definir! Añade esta advocación a la letanía: "María, la escuchadora: Ruega por nosotros". Y medita estas palabras, de un papa que recordamos:
"La palabra de Dios no es «una historieta» para leer, sino una enseñanza que hay que escuchar con el corazón y poner en práctica en la vida diaria. Un compromiso accesible a todos, porque, aunque «nosotros la hemos hecho algo difícil», la vida cristiana es «sencilla, sencilla». En efecto, «escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica» son las únicas dos «condiciones» que Jesús pide a quien quiere seguirlo. (…) Mientras que escuchar la palabra de Dios «es leer» y preguntarse: «¿Qué dice esto a mi corazón? ¿Qué me está diciendo Dios con esta palabra»? En efecto, sólo así «nuestra vida cambia». Y esto se produce «cada vez que abrimos el Evangelio y leemos un pasaje y nos preguntamos: “¿Dios me habla con esto, me dice algo a mí? Y si me dice algo, ¿Qué me dice?”». Esto significa «escuchar la palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón, abrir el corazón a la palabra de Dios». Al contrario, «los enemigos de Jesús escuchaban la palabra de Jesús, pero estaban cerca de Él para encontrar un error, para hacerlo tropezar» y hacerle perder «autoridad. Pero no se preguntaban nunca: “¿Qué me dice Dios a mí con esta palabra?”». «Dios no sólo habla a todos, sino también a cada uno de nosotros. El Evangelio se escribió para cada uno de nosotros. (…) El Señor, «siembra siempre su palabra», y a cambio «pide solamente un corazón abierto para escucharla y buena voluntad para ponerla en práctica. Por eso, entonces, que la oración de hoy sea la del salmo: “Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos”, es decir, por la senda de tu palabra, para que aprenda con tu guía a ponerla en práctica». (Francisco - Homilía Santa Marta, 23 de septiembre de 2014)

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